DE LOS VALORES DEL RESPETO, LA CORDIALIDAD, LA FRATERNIDAD Y LA COLABORACIÓN ENTRE COLEGAS.
El compañerismo entre abogados, un valor que debería formar parte
intrínseca de nuestra profesión. Esta semana, por varios motivos, he tenido conversar
y negociar asuntos con dos colegas distintos. Dos situaciones aparentemente
similares y dos formas completamente opuestas de entender el ejercicio de
nuestra profesión. Con uno de ellos, el trato fue ejemplar. Amabilidad,
disponibilidad y, sobre todo, una clara predisposición a escuchar y a buscar
una solución razonable para ambas partes. Esto no significa ceder en la defensa
de tu cliente ni renunciar a tus argumentos jurídicos. Significa entender que
el conflicto pertenece a las partes y no a sus abogados. Nosotros estamos para
solucionar problemas -o al menos intentarlo-, no para incrementarlos. Con el
otro colega, la experiencia fue bien distinta. Varias llamadas filtradas por su
secretaria, continuos “está reunido” y, la famosa frase: es que tiene audiencia
y está concentrado (…). No era tanto el tiempo que le iba a demorar,
simplemente contestarme puntualmente un asunto pendiente. Cuando finalmente
conseguí hablar con él, la respuesta fue tan escueta que no permitió avanzar
absolutamente nada. El problema no es la falta de tiempo, puesto que todos
tenemos agendas apretadas. El problema radica en la falta de diligencia en el
trato hacia el compañero, dicho de otro modo, la voluntad.
La negociación entre letrados es,
muchas veces, la vía más eficaz para solucionar conflictos, reducir costes
emocionales y económicos para los clientes y, en definitiva, dignificar nuestra
profesión. Ser un buen abogado o una buena abogada no solo consiste en dominar
el Derecho en la materia o materias que se especialice, o bien litigar con
solvencia. También implica saber dialogar, escuchar y tratar con lealtad al
compañero o compañera colega que está al otro lado. Al menos, así entiendo yo
el ejercicio de esta profesión.
Ahora bien, la profesión de
abogacía se define, por naturaleza, mediante el conflicto. El abogado o abogada
nace y se hace en la dialéctica, en la contraposición de argumentos y en la
defensa de intereses que, casi siempre, son excluyentes. Sin embargo, existe un
peligro latente en confundir la firmeza de la defensa con la hostilidad
personal. La verdadera estatura de un jurista no se mide solo por sus victorias
en los tribunales, sino por su capacidad de mantener los pilares del respeto,
la cordialidad, la fraternidad y la colaboración con sus colegas.
El respeto no es una simple norma de
cortesía; es el reconocimiento de que el adversario es un profesional
cumpliendo una función social tan legítima como la propia. Cuando el respeto
desaparece, el proceso judicial se degrada. La cordialidad actúa aquí
como el lubricante que permite que los engranajes de la justicia giren sin
fricciones innecesarias.
Un trato amable entre abogados no
debilita la posición de un cliente; al contrario, facilita la comunicación y
permite que el foco permanezca en los hechos y el derecho, y no en ataques ad
hominem que solo logran dilatar los procesos y agotar emocionalmente a las
partes.
La fraternidad jurídica surge de la consciencia
de pertenecer a una tradición milenaria. Los abogados compartimos los mismos
desafíos: la presión de los plazos, la responsabilidad sobre el patrimonio o la
libertad ajena, y la constante actualización académica.
Esta hermandad profesional debería
manifestarse en el apoyo mutuo, especialmente hacia los colegas más jóvenes.
Una comunidad legal fraterna es aquella que:
- Comparte
criterios ante lagunas legales.
- Mantiene
la palabra empeñada (el famoso "pacto de caballeros").
- Entiende
que la derrota de hoy puede ser la victoria de mañana, pero el colega
siempre estará ahí.
La colaboración, aunque parezca contradictorio en un
entorno competitivo, es una herramienta de alta eficiencia. Un abogado
colaborativo busca soluciones, no solo problemas. Esto se traduce en la
capacidad de llegar a acuerdos extrajudiciales beneficiosos, simplificar
trámites procesales y evitar litigios innecesarios que saturan el sistema.
En conclusión, la justicia no es un
juego de suma cero donde uno debe destruir al otro para ganar. Es un ecosistema
que requiere equilibrio. El respeto, la cordialidad, la fraternidad y la
colaboración transforman la abogacía de un oficio de mercenarios a una profesión
noble.
Al final del día, la toga se
guarda, pero la reputación y la integridad que se forjaron en el trato con los
demás son lo único que permanece.
"La abogacía es una lucha de
pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día
en que la vida será para ti imposible. Concluido el combate, olvida tan pronto
tu victoria como tu derrota." — Decálogo del Abogado, Couture.
Lic. Luis Rodríguez M. | ABOGADO
8 de febrero de 2026
