LA ÉTICA EL REALISMO PROFESIONAL.
En el ejercicio de la abogacía, hay algo que jamás deberíamos prometer: el resultado. Los clientes a veces llegan buscando certezas, exactitudes, predicciones inclusive, pero la realidad jurídica es diáfana: ningún abogado o abogada controla la decisión de un juez o jueza.
Prometerle
a un cliente que un proceso se va a ganar, una absolutoria, una reducción de la
condena, un archivo de la causa, etc, no solo es una conducta irresponsable, poco
ética, sino imposible.
Este
es un tema crucial en la ética profesional del derecho. La relación
abogado-cliente debe basarse en la honestidad y la transparencia para preservar
la confianza y la integridad de la profesión.
¿Entonces, verbigracia ¿qué es lo que sí podemos prometer?
§ Un estudio riguroso del caso;
§ Una dedicación absoluta;
§ Transparencia en cada paso;
§ Honestidad desde el minuto uno;
§ Trabajo serio, técnico y comprometido;
§ Excelente comunicación.
La relación entre un abogado y su cliente se construye sobre la confianza, pero esta confianza es frágil y puede romperse por promesas poco realistas o inapropiadas que se hicieran. En un sistema legal intrínsecamente incierto, la ética profesional dicta que el abogado o abogada debe ofrecer competencia y diligencia, no garantías de éxito.
Prometer resultados, plazos fijos o costos inmutables no solo es imprudente, sino que socava la integridad del proceso y expone al profesional a la frustración y la pérdida de credibilidad.
El compromiso es nuestro como abogados, pero el resultado nunca depende solo de nosotros. Personalmente creo que la verdadera fortaleza de un abogado o abogada no está en vender garantías, sino en ofrecer un trabajo honesto y una defensa impecable, sin trampas ni falsas expectativas.
La promesa más peligrosa y común que un abogado o abogada puede hacer es la de un resultado favorable (la victoria). Un abogado no es el juez o jueza; el resultado de un litigio depende de múltiples factores externos que escapan a su control directo, incluyendo la calidad de la evidencia, la interpretación de la ley por parte del juzgado, tribunal o sala, la habilidad de la contraparte y, a menudo, la pura imprevisibilidad humana. Al garantizar una victoria, el abogado sustituye su rol de consejero y defensor por el de oráculo, creando expectativas que, al no cumplirse, derivan en insatisfacción, quejas éticas y, potencialmente, demandas por negligencia. La obligación profesional es garantizar el máximo esfuerzo, la preparación meticulosa y la defensa diligente del caso, no su desenlace.
Los abogados debemos ser siempre cautelosos al prometer plazos procesales inamovibles. Si bien se pueden estimar cronogramas basados en la experiencia, el sistema judicial opera con sus propios ritmos. La duración de un proceso depende de la carga de trabajo del juzgado o el tribunal, las tácticas dilatorias del abogado contrario, la complejidad de las notificaciones, los recursos de apelación y las audiencias reprogramadas. Prometer una solución en "x meses exactos" sin margen de error es ignorar la realidad burocrática y procesal. En su lugar, el abogado debe comprometerse a impulsar el proceso con celeridad y a mantener al cliente informado de cada retraso, explicando la causa judicial y no personal del mismo.
Finalmente, aunque la transparencia en los honorarios es fundamental, el abogado debe evitar prometer un costo fijo inalterable para ciertos trámites, litigios complejos o prolongados. Los costos pueden variar drásticamente debido a eventos imprevistos, como la necesidad de contratar peritos adicionales, la realización de más deposiciones de las esperadas, o la extensión inesperada del juicio. Si bien los presupuestos deben ser detallados y claros, estos deben incluir cláusulas que permitan el ajuste ante la aparición de trabajo no contemplado, siempre con la debida comunicación y aprobación del cliente. La promesa de una tarifa fija debe limitarse a asuntos transaccionales o de alcance definido y limitado como el caso de procesos a cierto plazo, escrituras registrales o ciertas diligencias legales y notariales.
En conclusión, la responsabilidad del abogado o abogada se centra en el proceso, no en el pronóstico. La promesa que sí debe hacer es la de ofrecer su máxima competencia, absoluta honestidad, comunicación constante y un compromiso inquebrantable con la ética. Al gestionar las expectativas del cliente con realismo y profesionalismo, el abogado o abogada no solo protege su propia reputación, sino que también fortalece el respeto por la profesión y por el complejo funcionamiento del estado de derecho.
Así, a mi entender, se construye confianza real.
20 de noviembre de 2025
ABOGADO & NOTARIO PÚBLICO
